FÉNIX

 

LOGOS Nº 19

MARÇO - 2016

 

 

 

Walter Domingues David

 

 “O QUE SALVA”
(Texto reflexivo)
Por Walter Domingues David


O ladrão na cruz, o próprio sabia que não tinha o mesmo merecimento de Jesus quando lhe pediu:
“Lembra-te de mim quando entrares no paraíso”. respondeu jesus: “Hoje, te garanto que estarás comigo no paraíso”.
e não, te garanto que hoje estarás comigo no paraíso, ou seja, um dia, também terá tal morada.
Depreende-se que o ladrão já estava em fase preparatória porque:
1º - o sacrifício lhe imposto da crucificação concorreu para expurgar uma parcela da sua dívida moral;
2º – demonstrou parcial merecimento pela humildade e pelo sentimento de compaixão;
3º – suas faltas haviam de ser leves.
Com certeza não basta arrependimento para alcançar a salvação, porquanto Jesus não aprova aquele que
pratica iniquidade, desde tendo afirmado: “Só entrarás no reino dos céus após pagares o último centil”,
pois que “Estreita é a porta da salvação”, sendo, portanto indispensável evoluir-se, depurar-se
para merecer a mesma morada do mestre Jesus Gristo.
- O que salva é o merecimento obtido por ações cristãs;
- A retidão de caráter e o amor praticado;
- A caridade e o grau de evolução.
Enfim, o que salva é
- A luz espiritual que cada um armazena para iluminar
o caminho que o levará a um mundo melhor!

Walter Domingues David
Salvador / Bahia / Brasil  

 

 

Yanni Tugores

 

(De mi libro de narrativa fantástica “La escritora y sus fantasmas”)
LA NIEBLA
Por Yanni Tugores


Julio preparó su maleta con ansiedad. Iría por primera vez, desde que se radicó en Montevideo, a Rivera, su ciudad natal. Se sentía feliz, pero no sabía por qué estaba tan agitado. Algo en su interior le decía que ese viaje, cambiaría su vida.
Hacía más de diez años que no veía a su familia. El saber que iría nuevamente en tren lo emocionaba.
Tan solo unos meses atrás parecía imposible, que la Estación Central, pudiera volver a funcionar.
Se dirigió a la calle, tomó un taxi y partió. Antes de llegar a la estación, a unas pocas cuadras, pidió al taxista se detuviera en un pequeño negocio. Quería llevar algunos regalos. Inspeccionó todo el lugar; miró muñecas, autitos, pelotas, pero… ¿Qué estaba haciendo? Sus sobrinos ya no eran niños, eran adolescentes. Pensó entonces qué podría comprarles.
Una vendedora al ver su indecisión se acercó y lo interrogó:
-Señor, ¿puedo ayudarlo?
-Claro, claro. Disculpe usted, pero hace años que no veo a mis sobrinos y estoy un poco desorientado. No sé qué comprarles.
Observó por largo tiempo a la joven, de algún sitio la conocía. Sería acaso…
-Qué edad tienen -preguntó la muchacha.
Julio rascándose el mentón contestó:
-Si no me equivoco entre 13 y 15 años.
Mientras la vendedora buscaba en las estanterías, él no podía dejar de observarla; joven, esbelta, sus rizos de oro caían lánguidos sobre su espalda, su tez rosa, sus ojos miel y su voz. ¡Tenía que ser ella!
No quiso pensar más, se hacía tarde y el tren partiría sin él.
La joven le mostró varios objetos, eligió cuatro de ellos, los pagó y los puso en la maleta.
Caminó hasta llegar a la estación sin dejar de pensar en aquella joven.
Al fin llegó y su sorpresa fue tal, que quedó impactado. Se encontraba frente a un hermoso y remodelado edificio. No se parecía en nada, al antiguo y abandonado de hacía muchos años.
Si bien habían conservado su estructura, el interior era nuevo y reluciente. Pisos de mármol, mostradores de madera y bien lustrados, convivían con computadoras de última generación.
Miró hacia arriba. Las viejas molduras de los techos y el antiguo reloj permanecían sin cambios.
Se dirigió a uno de los mostradores, sacó su boleto y marchó hacia el andén.
Al llegar, sus ojos no daban crédito a lo que veía. Era obvio, hacía diez años que no pisaba el lugar. Todo era reluciente y hermoso. Bancos de metal, altavoces, puestos de comida rápida, plantas y los trenes lucían lujosos en los andenes. Observó que también allí, habían conservado la estructura de los techos.
Al subir al vagón preguntó al guarda si el viaje duraría diez horas como antes. El hombre se sonrió y le dijo:
-No, amigo. Este tren es eléctrico y de alta velocidad. Llegaremos a Rivera en apenas dos horas.
-“Dos horas” -pensó- “Esto será increíble. Trataré de mantenerme despierto para disfrutar del paisaje”
Julio recorrió el lugar. ¡Qué maravilla! Todo lucía hermoso; las puertas eran automáticas, los vagones tenían aire acondicionado, el tapizado de sus asientos eran de varios colores y de una pana muy suave. El vagón comedor, el de juegos, los vagones dormitorios mas los pasillos eran amplios y muy luminosos.
Regresó a su asiento. Faltaba poco para llegar. Se asomó por la ventana y distinguió un cartel, conservado y muy limpio. En él se leía claramente: “Bienvenidos a Rivera”.
Se emocionó. ¡Cuántos recuerdos de su niñez y adolescencia!
Allí parados al lado del mismo estaban sus padres, hermanos y sobrinos. Todos lo esperaban con amplias sonrisas.
Descendió con lentitud y los estrechó fuertemente.
Pasó una semana maravillosa. Contó de su vida en la capital y a la vez escuchó lo que en esos años había cambiado en su ciudad.
¡Qué grandes estaban sus sobrinos y qué ancianos sus padres!
Llegó el día de partir. Pero no se sentía angustiado. Se dirigió a su familia y dijo:
-No se aflijan. Ahora con lo rápido que es el tren, viajaré más seguido. Lo prometo.
Se despidió y subió al primer vagón. Pudo ver cómo, su familia iba alejándose de su vista.
Se sentó y observó el paisaje detenidamente. ¡Cuántas cosas habían cambiado! Pero seguía siendo su terruño querido. Transcurrió una hora de viaje. El vidrio de su ventana comenzó a empañarse. Lo limpió con su mano y al hacerlo pudo ver una espesa niebla. Ya no podía distinguir nada, ni siquiera las vías.
Decidió entonces dormir lo que le quedaba del camino.
Una mano tocó su hombro:
-Julio, Julio, te quedaste dormido. Nos van a rajar si nos encuentran. Podemos dormir aquí, si nos ven, se hacen los boludos, pero de mañana, si nos encuentran, nos rajan a palos.
-¿Cómo dice? ¿De qué me habla? Yo no lo conozco. Acabo de venir en este tren desde Rivera de ver a mi familia.
-Oíme, ché, me parece que estás medio tarado. Juntá tus cosas y te vas. Van a venir a inspeccionar y la cana no viene sola, viene con los perros. ¡Dale, apurate!
Julio miró a su alrededor. Se encontraba en un viejo vagón abandonado. El tapizado de cuero de sus asientos estaba rasgado a tal punto, que se podía ver el relleno. Las ventanas rotas, las paredes pintadas con multicolores grafitis y las puertas, inexistentes. El hombre que le hablaba era un viejo mendigo, sucio y maloliente.
Pudo ver entonces como vivía. Compartía su vida con el excremento de ratas y pulgosos perros.
A su lado, tendida sobre el piso, una mujer. Aún entre lo blanco de su pelo se podía distinguir algún rizo dorado cayendo sobre su espalda. Era ella, la joven de la juguetería. Seguramente podría ayudarlo a saber qué sucedía. La despertó. Ella se dio vuelta, sonrió y con su boca desdentada le dijo:
-Qué pasa che, dejame dormir un poco más.
Se rascó la cabeza, se tapó con unos harapos y volvió a dormirse.
La desorientación y la desesperación de Julio aumentaban.
¿Dónde estaba? ¿Qué le había pasado a su ropa? ¿Y su reciente viaje a Rivera?
No comprendía. Su mente estaba totalmente en blanco. No podía pensar con claridad.
Bajó del vagón. La niebla se hacía más espesa. Apenas pudo distinguir la puerta de salida. Caminó hacia ella y la cruzó.
Al hacerlo, docenas de palomas emprendieron vuelo y lo rozaron.
Miró hacia arriba y a su alrededor. Todo estaba roto y sucio. Incluso él, mal vestido y hediondo.

Yanni Tugores
Se sintió confundido. Dio unos pasos. No podía ver nada. Como pudo se dirigió hacia un rincón. Se sentó sobre un montón de diarios viejos. Sintió un frío intenso y cerró sus ojos. La niebla, lo cubrió por completo.

Yanni Tugores
La Paz-Canelones - Uruguay  

 

 

 

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